Los murmullos de la ciudad evanecían a mis espaldas, fundiéndose en la sempiterna oscuridad que cada vez se hacía más espesa. Estaba perdido, desorientado, hace más de media hora que había perdido la noción del espacio. Estaba aterrado. Con cada movimiento mi alma se inquietaba, amenazándome con dejar mi cuerpo y abandonarme a mi suerte. ¡Pero ya no podía seguir huyendo! ¡Mi cuerpo no aguantaría! Debía, por lo menos, tratar de tranquilizarme, por último mi mente debía aguantar.
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