Adriana no hizo caso de la
advertencia de su compañera de cuarto y sacó su paraguas de la percha que había
junto a la puerta, cerró su chaqueta de cuero hasta la mitad del pecho y se
dispuso para salir.
Ya en la calle se encontró de
frente con los esperpentos multicolores; eran de proporciones exageradas, pero
no les temía. La lluvia no era tan fuerte como para impulsarlos a abalanzarse
sobre ella., aunque siempre era una posibilidad, pues los derrumbes eran cosa de
cada invierno. Tal vez lo mejor era salir de ahí pronto, así que se puso en
marcha hacia la parte plana de la ciudad, la parte ajetreada donde las grandes
edificaciones absorbían la vista y, lamentablemente, donde debía ir cada día
para trabajar si quería solventar su estilo de vida y además, de paso, poder ver a su amigo.
