Ayer, casi al caer la noche, había terminado
de ordenar unas cosas y estaba como siempre en la cama, mirando el techo,
oyendo como el mundo allá afuera transcurría sin mí. Acá, en mi lado, llovía rabiosamente
hasta que la tierra comenzó a temblar con violencia. El ruido de la lluvia
sobre los techos fue interrumpido por un quejido hondo y ahogado que emergía
desde las profundidades para estremecer la tierra.
En casa, varios vasos y botellas aprovecharon
el momento para suicidarse, saltando al vacío desde sus estantes donde la
sobriedad las condenaba al olvido. Sobre el frío piso quedaron esparcidos los
trozos de vidrio que antes dieron forma a las botellas. Se cortó la luz. Mal. No
podría encargarme de limpiar el desastre. Pensé en ir a dormir, cuando de
noche, aún a oscuras, una llamada me advierte sobre la posibilidad de salir. No
tengo ánimo para andar de fiesta, pero nunca le puedo decir que no a Víctor. Sus
llamadas tienen una carga imperativa que me atan moralmente a un Sí; un No, un
Tal vez, lo insultan. Y no quiero insultar a Víctor. Él siempre sabe cuando
coger el teléfono y llamar, siempre sabe cuando necesito respirar un poco y
liberar tensiones. Gracias a él tengo una vida social y puedo… salir,
despejarme, dejar este precario espacio que siempre me parece extraño y conocer
gente… oírlas, hablarles, adentrarme en el descubrimiento de su mundo interior.
